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España: Ocho años en el extranjero

Personas que, como yo, decidieron en algún momento de su vida, intercambiar su tierra natal con una elegida libremente, tienen que enfrentarse a una nueva manera de actuar, una escala de valores desconocida y un ritmo de vida diferente.

Hace ocho años fui a parar, casi por casualidad, en España – o en Cataluña como supe luego. Por un sentimiento espontáneo, me decidí por Barcelona y su centro histórico, el barri gòtic. Llegué a mediados de enero a mi destino. Había hecho realidad mi sueño y estaba en España: pero, ¿y ahora?

Los emigrantes suelen explicar que la integración se desenvuelve en olas, de forma irregular. El inicial entusiasmo va disminuyendo debido al nacimiento de una frustración inicialmente lingüística que a su vez –cuando las frases se vuelven más complejas y fluyen con facilidad— será reemplazado por un renovado entusiasmo hacia el país anfitrión.


Es entonces, no obstante, cuando se empieza a entender que las barreras más altas no son las lingüísticas sino las culturales.

Cuando emigré a España, no tenía idea de lo que me esperaba. Mis conocimientos de entonces se resumen rápidamente: sol, playa y mar, flamenco y sangría, Velázquez y El Quijote. Es decir: poca idea tenía. Tal vez pensaba incluso en algún rincón de mi interior encerrado, de manera ligeramente arrogante y enseñando toda mi ignorancia: ¿qué es eso comparado con lo que ha emergido de mi país natal? Me llevé una buena sorpresa cuando después descubrí qué vida cultural más rica tuvo y tiene España. Naturalmente lo descubrí sólo paulatinamente. Tampoco no necesitaba estos conocimientos al inicio, ya que para los "principiantes" las diferencias entre las capitales europeas son bien pocas. En Berlín son los "Schrippen", en Barcelona los cruasanes, lo que se compra en las panaderías. Los horarios de las comidas y de las salidas se desplazan hacia más tarde, la gente parece más alegre y el volumen sube sustancialmente. En estas superficialidades se queda la primera lectura. Quien vuelve después de uno o dos años a su país de origen, no podrá contar mucho más que eso.

Los que superan, sin embargo, la fiesta inicial, tienen que enfrentarse a otra lectura bien diferente. No es oro todo lo que reluce – en ningún sitio.

En esta segunda fase se observa a menudo las primeras señales de una glorificación de la propia tierra, porque como extranjero siempre se le puede desagradecer todo lo malo al país anfitrión y agradecerle todo lo bueno al país natal. Para no hacer uso de este recurso, se necesita mucha humildad.

Para quien proviene del autodenominado país de los poetas y pensadores no es fácil aceptar que la novela no se inventó en éste sino en España. Quien ama a los bosques densos alemanes, no encontrará lo buscado en los bosques de pinos de por aquí. A quien le gustan los desayunos larguísimos del domingo se verá decepcionado con la pasta seca que aquí sirven para desayuno. Quien está acostumbrado considerar la familia un mal necesario, pero en la mayoría de los casos evitable, estará sorprendido o incluso molesto con la comida dominguera con hermanos, tíos, tías y abuelos. El único antídoto es una mente abierta, junto a una buena medida de respeto.

Quien se cierra a eso, vivirá una pesadilla. Quien se abre, tiene la posibilidad de encontrar un camino totalmente nuevo –el propio—a través de la síntesis de las dos culturas.

Inicialmente hablaba de que quería vivir aquí no más de uno o dos años.

Quería descubrir cosas nuevas, conocer otra actitud frente a la vida. Pero sólo hoy, después de ocho años, empiezo a entender cuales son mis propias raíces y en qué consisten las diferencias tan sutiles pero tan importantes entre las dos culturas. Hoy sé que nunca estaré completamente integrado – ni aquí ni allá. También sé que no es fácil cambiar entre las diferentes escalas de valores y ritmos de vida. He descubierto lo difícil que es aceptar que la una, la correcta manera de ver la vida no existe. También conozco mejor mis límites culturales – porque no se puede con todo, por mucha disposición hacia lo otro que se tenga.

Quien quiere conocer otro país profundamente, se ha asignado una labor larga y muy ardua. Una labor que finalmente conduce a un dilema. ¿A qué lugar pertenezco? Aún si quisiera y fuera capaz de integrarse incondicionalmente en el país anfitrión y por tanto desprenderse de su propia cultura, en los ojos de los anfitriones el extranjero sigue siendo extranjero – discriminado positivamente o, ¡qué pensamiento más espantoso!, negativamente.

Es un hecho conocido que los extranjeros aparte de la glorificación del propio país tienen la tendencia de aglomerarse. Este fenómeno, que a menudo es sentido como una amenaza, en parte se debe a la complejidad del acto de la integración. Es tanto más fácil quedarse con las ideas viejas que admitir las nuevas. Y es tan difícil destilar propias de las viejas y las nuevas ideas.

Confrontado con el argumento que una integración completa es imposible, se puede preguntar, qué puede esperar el país anfitrión de los huéspedes. Yo personalmente llegué a la conclusión que lo mejor que puedo ofrecer a mis anfitriones es el respeto por su escala de valores y la comprensión por su ritmo de vida. El simple entendimiento que la vida se interpreta de manera diferente en todos los lugares de la tierra y que esta interpretación tiene que ser aceptada por nosotros los viajantes o emigrantes, debería ser la máxima más importante.


Al fin y al cabo la parte buena de la noticia es que nosotros mismos podemos decidir cuánto integramos de la nueva cultura en nuestra propia vida.

P.D.: A quien le interese este tema y quien tenga la oportunidad de ver la película española "Al sur de Granada", no debería perdérsela. El valor de esta película no radica tanto en su representación algo folclórica y fácil de un pueblo del sur de España, sino en su tratamiento del tema "el extranjero".

Texto + Fotos: Nil Thraby
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