ed 12/2009 : caiman.de

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[art_4] España: Toledo. Un museo de urbanismo islámico

Quien se salga de las rutas más turísticas y se interne, aunque sea muy poco, en el verdadero Toledo que no tiene tiendas de souvenir, podrá recibir una clase magistral de cómo entendían los musulmanes la ciudad.


Lo primero que se encontrará será con el ladrillo, el material por excelencia, que se dejará a la vista o se enlucirá. Después, y aunque permanezca medio oculto, pronto podrá saber, mirando acaso por una puerta entornada, en donde reside el origen de lo urbano: el patio.

Estos patios toledanos no son los esplendorosos jardines cordobeses o sevillanos, pero en ellos está el secreto de todo. Pues ellos son el origen de la casa, su lugar de paso y convivencia; la entrada de luz pero, también, la protección frente a los tórridos veranos.

Sus orígenes se encuentran muy probablemente en el mundo grecorromano, sus hortus conclusus que se desarrollaban en atrios y peristilos.


A ellos se unen la exigencia de intimidad de la sociedad islámica. La casa es tu santuario, dirá el Corán. Un santuario cerrado a las miradas exteriores que tiene en el patio su máxima expresión.

En torno a él se edificará la casa de habitaciones amplias, muchas veces divididas por medio de cortinajes.

Interior del Taller del Moro con la típica disposición tripartita de las habitaciones, con una central y dos alcobas laterales abiertas a ella por medio de arcos.


Si salimos a las calles nos encontraremos con un tejido urbano denso en el que es difícil orientarse.

Estrechas y poco rectilíneas por un motivo religioso (Chueca Gotilla habla que, al contrario del mundo clásico, en el Islam la casa precede a la ciudad, y será su organización la que genere la calle) o por otro puramente histórico (Garcinuño habla de un plano mucho más regular en su primer momento que posteriormente se va volviendo anárquico debido a las herencias y particiones que obligan a dar entrada a nuevas casa y van generando esos adarbes cerrados).

Junto a todo ello la ciudad islámica tiene una fuerte importancia climática. Estas calles estrechas (a menudo entoldadas) eran la mejor protección contra el calor. De la misma manera, los cobertizos que la cruzan de lado a lado (ampliando el espacio habitacional y uniendo casas fruto de matrimonios) permiten una penumbra llena de frescor.


A mitad de camino entre la intimidad y la protección ante el calor se encuentran las ventanas (a veces sobresaliendo en el muro, ajimeces) cubiertas de celosías que permiten ver sin ser visto.

Texto + Fotos: Vicente Camarasa

Para saber más
http://sdelbiombo.blogia.com

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