ed 04/2013 : caiman.de

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[art_1] España: Don Carmelo y Cayetana en el Camino de Santiago
Etapa Quinta: Por el barranco de los buitres a la Siesta debajo de la autopista – [8] [7] [6] [5] [4] [3] [2] [1]

19 Agosto 2012 sobre las 6.00 horas de la mañana en el pueblo "fantasma" de Ruesta: Ya hemos hecho las mochilas y empezamos el Camino de hoy que nos llevará a Sangüesa, primera ciudad en Navarra. Esta mañana no hay cantos gregorianos (como en Arrés) ni otra música para despertarnos. Incluso tan temprano por la mañana sentimos la sequedad del aire y podemos contemplar las consecuencias de la sequía al pasar por un puente sin río debajo, sólo piedras casi secas. Cayetana se pone nerviosa cuando Pietro, el italiano de aires mesiánicas con cierto aspecto de Jesús, llega a acompañarnos. Mientras que estoy discutiendo con Pietro cuestiones espirituales, como la pregunta si  Dios puede ponerse cansado al contemplar el estado deplorable de su Iglesia actual, Cayetana, por un capricho, toma una foto de la sombra del peregrino Pietro. Más tarde, ampliará la foto y la llamará "la sombra de Jesús".

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Hoy no tenemos prisa al caminar, el cielo se presenta medio nublado y el sol quemará menos que los últimos tres días. Ya son las 10 de la mañana, cuando llegamos al último lugar de Aragón, el pueblo Undués de Lerda. Y como todos los lugares de esa región, se encuentra en una alta colina. Cayetana suspira con descontento al pensar en la subida penosa. Pero como recompensa hay pastelitos de chocolate y Colacao para ella y café para nosotros en el Bar enfrente del templo. Poco después de bajar pasamos el alto mojón de piedra que anuncia en los idiomas español y vasco la entrada en el Reino de Navarra , naturalmente acompañado por una concha de Santiago. Avanzamos cada vez más lentamente por campos de colores grises y amarillos y llenos de polvo, sufriendo ya por el calor de mediodía. Pietro, el de Roma, y yo continuamos nuestra conversación acerca del destino futuro del pueblo de Dios, llegando a lamentar la descomposición de la Iglesia Católica por sectas  más o menos fascistas como el llamado "Opus Dei" o los "Legionarios de Cristo". Mi pequeña andaluza nos escucha muy atentamente para luego  presentar una de sus típicas propuestas enérgicas y sin compromiso: el próximo Papa (que se llamará Francisco) debería excomulgarles a todos esos.

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Ahora la senda desemboca en una carretera asfaltada y a la izquierda aparecen los suburbios de la pequeña ciudad de Sangüesa, la que hoy tiene cinco mil habitantes y durante la Edad Media fue brevemente la residencia de los Reyes de Navarra. El Camino nos lleva por una zona industrial que no esperábamos alrededor de una ciudad monumental considerada un museo. "Eso parece Sevilla Este o Móstoles", dice Cayetana, exagerando como siempre. Finalmente llegamos al centro y al Albergue de Peregrinos. Después de ducharnos, recargar las baterías de las máquinas para hacer más fotos y echar una breve Siesta, nos encontramos ante la fachada famosa de la iglesia románica Santa María la Real, el monumento más importante de Sangüesa.  Fascinados, Pietro y yo miramos el sinfín de detalles. A la derecha del portal nos saluda un monstruo salido del infierno, el que está devorando a tres cuerpos humanos a la vez y desde el temprano Siglo XIII habrá asustado ya a muchos fieles que entran por aquí. A la izquierda del portal esperan tres Marías (la Madre de Dios, María Magdalena y María, madre de Santiago), en las que el maestro francés Leodegarius dejó su firma. Y encima de todo en un trono Cristo como Juez del Mundo, a la derecha el infierno y a la izquierda el paraíso, delante de las dos puertas las filas de los pecadores como caricaturas medievales  o penitentes humildes.

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"Dios mío, que cara de tontitas tienen esa figuras!", suelta Cayetana una carcajada. "Pero niña, has de saber que esas obras de arte tienen más de 800 años…", llego a protestar sin éxito contra su juicio aplastante. "Lo dicho: la vejez no ampara de la tontería", responde la veinteañera sin respeto. Y punto. Toda discusión acerca de la historia del arte ahogada en su origen. Sin embargo, en el interior del templo, la niña se hunde en un silencio místico. Aquí Santa María la Real se presenta mucho más acogedora que por fuera donde abundan los monstruos. Nos detenemos mucho tiempo contemplando el magnífico retablo mayor renacentista. Las esculturas, especialmente los cuatro evangelistas, son muy logradas y exquisitamente pintadas.

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Un poco más tarde nos encontramos sentados en la terraza de un bar, aguantando la máxima calor de la tarde (una vez más los 40° grados). Mientras que Cayetana observa con curiosidad los adolescentes del pueblo, Pietro y yo nos abismamos en una discusión sobre el arte acerca de la cuestión: "Quién fue el genio más grande: Miguel Ángel o El Greco?" Siendo italiano, Pietro defiende Miguel Ángel y yo, por supuesto, me declaro en favor del Greco españolizado, quien en Toledo llegó a pintar en un estilo más español que todos los castellanos de su época. Finalmente llegamos a la conclusión de que Miguel Ángel es un genio más universal, pero  como pintor, El Greco ha sido mejor.

De repente tres hombres, sentados delante una mesita llena de copas de Mojito vacías, nos saludan-interrumpiendo nuestra discusión: "Hola, forasteros, ¿cómo podéis discutir de cosas tan extrañas con el calor que hace? Pero bueno, nos alegramos de que vengan gente de fuera. Es que nos aburrimos, como aquí nunca pasa nada.  Así que venid a sentaros aquí, tomando Mojitos con nosotros y nos vais a contar de las aventuras del Camino – pero nada del Greco o de otros tíos ya muertos hace mucho tiempo." Ya piden los próximos Mojitos, mientras que nosotros, mirando al Cielo y su infierno (Pietro: "alcohol sólo a partir de la puesta del sol"), nos pedimos Casera o tónica. Después de la cena hay que despedirse de Pietro, el que temprano por la mañana  tiene que volver a Roma ("a poner orden en el Vaticano", como comenta haciendo guiños). Así que mañana se va a separar nuestra "unión de apóstoles de Arrés", cada uno seguirá su Camino.


20 de Agosto, partida de Sangüesa a las 7 horas: Después de tanta cultura y discusión de arte e Iglesia ayer, hoy queremos volver a la naturaleza y pasar por el barranco de los buitres: la Foz de Lumbier. Es hacer un rodeo del Camino, ese recorrido no forma parte del Camino, pero como tantos peregrinos quieren contemplar ese fenómeno de la naturaleza, se ha establecido como una "línea secundaria" del Camino.

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No obstante, al principio tenemos que seguir la N240 – durante 5 kilómetros horribles entre bandas de guía y camiones que tocan la bocina – hasta llegar a Liédana. Finalmente caminamos lejos de la carretera por la senda que nos lleva al barranco. Arriba ya vemos docenas de buitres volando con arte. Cayetana afirma que sean quebrantahuesos (los pájaros más grandes de Europa), pero la mayoría serán buitres leonados, aunque admito que quebrantahuesos suena más espectacular. Allí está: la entrada del túnel a la Foz de Lumbier, como una garganta negra al tártaro. Con pasos vacilantes entramos en las tinieblas. Según mi guía, este túnel sólo tiene unos 100 metros, pero ya después de dar una docena de pasos nos parece como si la tierra nos hubiera "tragado". "Ya no veo ná – ¿y tú?" resuena la voz de Cayetana con su eco desde el abismo de negrura.

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La luz de mi móvil sólo alcanza un metro, así que seguimos a tientas, muy lentamente, esperando que no haya ni serpientes ni arañas en ese reino de tinieblas. Cuando Cayetana susurra con miedo, que ya debíamos haber superado los 100 metros, de repente llega gritería de niños a nuestros oídos. Y la luz invade el túnel, un par de pasos más y ya salimos al barranco y a la luz cegadora  del sol. Pero lo primero que vemos no son buitres volando por la soledad, sino toda una invasión de gente: jóvenes exploradores, familias enteras (con cochecitos!), ciclistas. "¿Pero cómo ha llegao toda esa gente aquí?", pregunta Cayetana algo decepcionada, ya que había esperado soledades arcádicas al otro lado del túnel.

Después de alejarnos del túnel, ya hay menos caminantes y más soledad y el panorama de ese barranco corto (poco más de un kilómetro) pero muy profundo es espectacular. Rocosas paredes a pico de colores entre gris y amarillo, arriba en el aire docenas de los buitres majestuosos, y allá en el abismo las aguas verdes del  Río Irati con sus riberas llenos de sotos. Cayetana queda mirando el vuelo elegante de los buitres – y también mira con codicia hacia la derecha donde un fotógrafo  – aparentemente un profesional – está grabando el vuelo de los buitres con una cámara colosal. "Con ese objetivo podrá ver cada pluma…", comenta con envidia. Es que su modesta máquina está muy lejos de reproducir tales detalles desde la distancia.

Abandonamos el  barranco por el segundo túnel. Al salir no queda claro, si las conchas y flechas amarillas del Camino indican hacia la izquierda o todo seguido. Decidimos tomar el sendero de la izquierda, el que nos lleva por campos de girasoles "depresivos" (cabizbajos), quemados por el sol. Cuando por fin llegamos a los sotos del Río Irati, no hay ningún puente y de repente la flecha amarilla indica una vuelta total. Una vuelta al punto de partida – hemos caminado un inmenso "círculo extra" por campos quemados!



Maldiciendo los mal puestos indicadores, seguimos la otra flecha, por una carretera muy chica, llegando después de 2 kilómetros a un puente que hay que cruzar en vez de subir  al pueblo de Lumbier. Cerca de la vía de acceso a la autopista tendríamos que buscar ahora la subida al Camino principal, pero poco detrás del puente nos espera una tentación inmensa: un Bar-Restaurante. Y sólo hay un deseo en este momento: huir  del sol abrasador.

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Conquistamos la barra y bebemos medio litro de Casera helada de un trago. Nos miramos y nuestra motivación de volver al infierno que nos espera fuera, es nula, la opción de un almuerzo temprano aquí mismo resulta demasiado tentadora. Son la una y cuarto, quizás muy temprano para almorzar. Pero el camarero de la barra, adivinando nuestro deseo, nos dice que el comedor ya está abierto y nos enseña la puerta. Y ni siquiera somos los primeros. Pero los más sucios. Nos encontramos en una sala dominada por la pureza del color blanco, todo impecable y resplandeciente, manteles blanquísimos en cada mesa, servilletas blancas, copas de vino reflejando la luz y todo un coro de camareras vestidas de blancura celestial, sólo les faltan las alas para parecer ángeles. Todo impecable - menos nosotros que parecemos invasores oscuros en aquel paraíso – ¿por qué nos han permitido entrar aquí? Nos miramos mutuamente y no podemos descubrir nada de blanco: los zapatos cubiertos del polvo del barranco de los buitres, las mochilas sucias, las camisetas llenas de sudor y manchas. Y en la España de mi época de estudiante habría sido impensable entrar en un restaurante de esa categoría llevando pantalón corto. "Deberíamos quitarnos las gafas de sol, la gente nos queda mirando", susurra Cayetana. Observamos a los huéspedes – para un lunes en Agosto  la mayoría está vestida de una elegancia que da miedo. "Mejor nos vamos de aquí, es que no estamos exactamente impecables para sentarnos en un establecimeinto así", murmuro dirigido a ella. Sin embargo, mi brava chavala andaluza replica con alta voz, como si se dirigiera a toda la sala: "Ni hablar – ahora estoy aquí y muerta de hambre! Y si los señoritos nos quedan mirando de esa manera, daré la vuelta con mi gorrita pa coleccionar fondos para nuestra caja de peregrinación!"

Después de esa amenaza se sienta. Ya se acerca una de las camareras aladas para entregarnos la carta del menú. Con mucha hambre y aún más apetito nos dedicamos a la lectura de las creaciones culinarias que nos parecen extravagantes. Pero falta algo. "Aquí no ponen ningún precio…" Dejando caer la carta no sé qué hacer. Cayetana encoje los hombros: "Bueno, si hace falta, llevo la tarjeta Visa de mamá  – y ahora vamos a pedir!" Y vamos a disfrutar de la mejor comida en todo nuestro camino hasta Burgos. Para el primer plato habrán cosechado los cinco tomates más maduritos y sabrosos de todo el Reino de Navarra y los sirven con una salsa mágica, los pimientos de bacalao son los más deliciosos jamás comidos y el postre (sorbete de frambuesa con mousse de nata) es, como la expresa Cayetana con una sonrisa feliz: "pa morirse". Su sonrisa achispada tiene una segunda razón. Ella había pedido una copa de Rosado ("Estoy harta de tantos litros de aguita") y la camarera nos ha traído toda una botella. Advierto a mi brava compañera que fuera nos esperen los temidos 40° grados. Sin embargo, al final le ayudo a beber el Rosado (Zaramandil – magnífico!). Después de pedir la cuenta, nos traen un papelillo doblado en una bandejita de plata – ¿el temido despertar de un sueño? Lentamente abro la cuenta y casi no puedo creer lo que veo: 16 Euros por persona para tantas delicias es como un regalo. Muy felices abandonamos el  paraíso para salir de nuevo al infierno. Son las 3 y media de la tarde y el calor domina el paisaje como un Dios invisible y sin piedad. Subimos por un sendero siguiendo las flechas amarillas, adentrándonos en el campo y alejándonos de la autopista. La senda va por en medio de las viñas. "Si miro todas esas uvas allí me pondré aún más achispada…", comenta Cayetana, soltando una carcajada. Un cuarto de hora más tarde apenas avanzamos, mareados por la calor. Todo un reino por un solo árbol que daría sombra para una Siesta. Pero ninguna sombra hasta el horizonte.

Cansados por  el sol y el vino nos arrastramos por el Camino. De repente un zumbido en la altura: el Camino pasa por debajo del puente de la autopista. Sombra! La única que hay. No lo pensamos ni un segundo: nos tumbamos encima de nuestros sacos de dormir a la sombra, las mochilas como almohadas. Acompañados por el zumbido romántico de los camiones que cruzan el puente dormimos una de las Siestas más felicces.

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Luego otra vez cuesta arriba. Ahora Cayetana se sale con la suya al protestar contra subidas. Decidimos no subir al Alto de Aibar por donde va el Camino oficial, sino seguimos la antigua carretera abandonada, paralela a la autopista, la que también nos lleva a Izco, pasando por una cuesta mucho más suave. Al llegar Izco nos parece un pueblo fantasma (Cayetana: "Eso parece más siniestro que Ruesta"). Ni un alma en la calle, sólo ladridos de perros. Vamos a la fuente, muertos de sed. Nada! Más tarde nos dirán que la fuente está agotada por la sequía. Tocamos el timbre en el portal del Albergue de Peregrinos. Nada! Ninguna puerta se abre. Cayetana se sienta en una piedra al borde de la desesperación , y con ojos llenos de lágrimas toma su móvil y llama a su hermana , quejándose que yo la haya llevado a una aldeorra fantasma y sin fuente, a docenas de kilómetros lejos del próximo lugar y con el cielo ya anocheciendo. Dice a su hermana que debe apuntar el nombre de Izco para luego venir a buscar aquí nuestros cuerpos muertos de sed. En este momento, como un angelito mandado por el Cielo, aparece un niño y pregunta: "¿Buscáis el Albergue ? Venid conmigo!" (Se entra por la puerta trasera). Con gran amabilidad nos recibe la hospitalera en una casa que parece su chalet privado, y nos lleva al bar al lado donde hay algo como el salón del pueblo. Allí hay una "tienda de salón" con lista de precios en un mural - para comprar los ingredientes para preparar la cena. Cayetana se lanza a comprar una botella de Rosado. Al despedirse la dueña nos dice que todavía llegará un último peregrino para hoy que acaba de llamar por teléfono, un ciclista.

Y ahora aparece ÉL: Alejandro, el ciclista. Piel de bronce cubierta por perlas brillantes de sudor. Se ha quitado su camiseta y entra por la puerta como si apareciera en un spot promocional para un gel de ducha y se presenta vestido tan sólo de su pantaloncito de ciclista: musculoso, tan bronceado que casi parace un mulato, la cabeza rapada acentúa su bella cara y en el hombro izquierdo muestra un pequeño tatuaje (un sagitario). Cayetana pierde completamente la contención (dudo si conoce la palabra), se precipita hacia él, ofreciéndole una copa de Rosado ("está bien helado, refrescante!"). Alejandro toma un buen trago, pero ahora lo que más le apetece es ducharse antes de cenar. Detengo a Cayetana casi con fuerza (ella quería ayudarle a encontrar el baño). "No se perderá, que no estamos en El Escorial!" Y añado susurrando: "No olvides, mi alma, donde estamos: en el Camino y no en Ibiza. No deberías adorar a uno de esos dioses de bronce, sino al Único e Invisible." No hace falta mencionar, con quien Cayetana soñaba en la madrugada, después de quedarse la mitad de la noche despierta sin poder dormir – con el objeto de su deseo a tres metros pacíficamente durmiendo como un ángel oscuro.

Texto + Fotos: Berthold Volberg

Recomendaciones y Enlaces:
www.turismonavarra.es
Etapa Ruesta-Sangüesa: 23 Kilómetros, Etapa Sangüesa via Foz de Lumbier a Izco: casi 20 Km.

Alojamiento en Sangüesa:
Albergue de Peregrinos , C. Enrique Labri, Tel. 650-669547 o 948-871693: Algo estrecho, Baño con algún y otra „inundación“, pero ambiente muy amable. Cama 5 Euros

Gastronomía en  Sangüesa:
Restaurante ACUARIO  (C. Santiago 9, Tel. 948871289): aquí hemos comido el mejor puchero de pochas (judías blancas tiernas) del Camino, luego cordero o trucha, todo delicioso. (12 Euros Menú de peregrino)
Enfrente: Restaurante Ciudad de Sangüesa (C. Santiago 4, Tel. 948-871021): probablemente igual de bueno, pero no podíamos cenar dos veces seguidas.

Lumbier:
Restaurante Iru-Bide (Carretera Navascués, detrás de un puente y antes de subir a la autopista), Tel. 948-880435: aquí hemso disfrutado de la mejor comida del Camino hasta Burgos (Menú completo con vino 16 Euros)

Alojamiento y gastronomía en Izco:
Albergue de Peregrinos en un chalet, bastante cómodo, cocina y „tienda de salón“ con lista de precios en un mural (para comprar los ingredientes para preparar la cena), Cama 8 Euros. Si nadie abre la puerta principal, hay que dar la vuelta y /o llamar al Tel.: 618-894366 (o 639-050540).

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