ed 04/2009 : caiman.de

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[art_3] España: Fallas 2009.

Describir las Fallas de Valencia es algo tan difícil como explicar la Semana Santa Sevillana, pues cada visitante tendrá sus Fallas propias, un cúmulo de vivencias, de sonidos, de imágenes y olores caóticamente dispuestos en la memoria, como un puzzle que nunca se terminará de armar del todo.

Mis Fallas son sobre todo sensaciones de sentidos por costumbre marginados. Es el olor picante de la pólvora que invade Valencia durante días. Un perfume agrio y potente que te hincha los pulmones y te recuerda que la primavera ya está en las puertas de las casas, potente, tan terrible como bella.



Es ese olor y el sonido de ciudad en guerra de las despertás mañaneras, de las mascletás de la Plaza de Ayuntamiento… Y no es ruido; eso sólo es el primer paso. Igual que no hay dos palios iguales y el paso de la Esperanza es tan particular como emocionante, la sucesión de petardos, las grandes explosiones de las bolsas de pólvora comienzan haciendo música para irse transformando en otra cosa más profunda. Cuando tus oídos renuncian a poder escuchar, el estruendo te llena el cuerpo y se confunde con los pulsos. Es un puro momento de magia en donde los pies despegan del suelo y el ruido te rodea y te persigue, te late dentro y te transforma para luego abandonarte despacio, cuando tú vuelves a tu ser y sabes (sin palabras, acaso con una pequeña lágrima bailando) que algo prodigioso ha ocurrido, has estado allí y el ruido te ha invadido para hacerte partícipe de una experiencia tan extraña y fascinante.

Falla del Pilar.


Pero las Fallas son también el calor de las llamas ardiéndote en la cara mientras el frio de la madrugada está a tu espalda. Una tristeza bella que te llama mientras escuchas tocar El fallero y aquellos enormes monumentos (ahora de terrible PVC que tan mal arde) se van consumiendo entre una lluvia de pavesas para dejar ver sus corazón de madera.

Es eso y la noche prodigiosa de la Nit del Foc desde el cauce antiguo del Turia, cuando el cielo se ilumina con un castillo de fuegos artificiales. Media hora de prodigios para los ojos, palmeras, colores, melodías de truenos y los más fantásticos prodigios que se suceden a un ritmo cada vez mayor, hasta el momento mágico en el que la noche se pierde y el cielo se desgarra de luces que iluminan la ciudad.



Eso son mis Fallas, y el olor a churros en las esquinas, la ciudad que se celebra y se reconoce a sí misma como si se reinventara de nuevo, y hasta los más deteriorados barrios del centro florecen con sus monumentos llenos de críticas a políticos y demás traficantes de sueños que por una vez en el año son tratados como merecen.

Todo eso durante unos días insomnes que despiertan los sentidos tras la muerte del invierno y te obligan a reconocer que es cierto, que estamos vivos, dolorosa y bellamente vivos en el estruendo de colores, de olores, de sonidos que te envuelve. Acaso eso, y santísimas cosas más, son mis Fallas.

Tras la mascletá.



Iluminación calle Sueca.




Nit del foc.





Texto + Fotos: Vicente Camarasa

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