ed 03/2013 : caiman.de

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[art_1] España: Don Carmelo y Cayetana en el Camino de Santiago
Etapa cuarta: Ruesta – [8] [7] [6] [5] [4] [3] [2] [1]
 
18. de Agosto de 2012. Son las 5 de la madrugada. Cantos gregorianos flotan como nubes de incienso por los muros antiguos de Arrés. Una manera muy adecuada para despertar a peregrinos. Cayetana se levanta muy lentamente, diciendo que Hard Rock de los Heroes del Silencio lograría despertarla más rápidamente que ese "canto de cuna". Pero no hay remedio: si queremos evitar una caminata a la hora de la máxima calor y disfrutar de una Siesta a la sombra, habrá que empezar el Camino de hoy en veinte minutos. Sin apenas quejarse, Cayetana va recogiendo sus cositas y preparando la mochila. Cada uno llena sus botellas (tres litros) con agua de la fuente del pueblo. Quisiera subrayar que de todas las fuentes de las que hemos bebido a lo largo del Camino, el agua de la fuente de Arrés nos parece la más deliciosa. Durante un largo día de calor y luz cegadora, soñaríamos más de una vez con esa fuente de agua fresquita. Hoy habrá que enfrentarse al récord del calor (42° grados) y el Camino nos llevará a nuestros límites. Sin embargo, antes de la salida del sol hace incluso un poquito frío debido al viento, cuando bajamos todavía a oscuras por una senda rocosa a la izquierda (¡no por la carretera!). Durante la bajada, al rayar el alba descubrimos un "¡Buen Camino!" pintado con letras amarillas en una roca. Una mirada atrás para contemplar un momento la colina del pueblo de Arrés, donde tan bien nos han acogido. Luego caminamos en dirección a Artieda, primero bajando un poco antes de pasar – paralelamente al Canal de Berdún - por una meseta de trigales ya cosechados por completo.

Todavía no ha salido el sol, se hace esperar. ¡Mejor así! El viento nos parece casi fresquito, Cayetana incluso se pone su chaleco, aunque sólo para diez minutos. No esperábamos pasar una madrugada sin calor, pero nunca habíamos salido tan temprano para empezar el Camino y además nos encontramos en el Alto Aragón a casi 900 metros de altura, será normal que aquí la temperatura está fresquita durante la madrugada. Mirando atrás nos parece que hayamos sido los primeros en salir, en el horizonte vemos a dos pequeños grupos que nos siguen y delante no hay nadie, sólo campos que ahora se iluminan de luz dorada.



Entretanto ha salido el sol y tenemos que pararnos ante una manada de ovejas que cruza nuestra senda. Un viejo pastor descubre las conchas fijadas en nuestras mochilas, nos regala una sonrisa e indica con su bastón hacia el oeste, anunciando: "A Santiago – I˙siempre derecho!" El Camino recto e infinito hasta el horizonte no es una visión exactamente motivadora en este momento. Después de una eternidad pasando por campos amarillos con algún y otro arbol, finalmente vemos la colina del pueblo de Artieda. Ahora son las 10 de la mañana y I˙ya hemos caminado casi 20 Kilómetros! "Es nuestro récord", afirma Cayetana con orgullo. Y ha sido fundamental haberlo logrado, porque ya hace calor total, el aire parece arder cada vez más y apenas nos queda agua.



Los ojos de Cayetana siguen mi mirada dirigida a la cima de Artieda. "¡Allí no voy a subir nunca, ya te digo: nunca!" "¿Quieres agua o no?", pregunto sin piedad, "bueno, dáme tus botellas para rellenarlas, voy solo y tú puedes esperar aquí." "No", responde aborchonada, no podría pedirmelo a mi avanzada edad. Suspirando, se rinde: "Bueno, vale, ya te acompaño." (Lo de la "avanzada edad" lo dejo sin comentarlo). Lanzando maldiciones andaluzas, Cayetana me sigue subiendo la carretera que forma un semicírculo empinado.



"¿¡Por qué en Aragón cada aldeorra está en la cima de un monte?! Te juro que después de todo eso voy a coleccionar fondos, para que puedan construir otra fuente aquí mismo al pie de la colina, y nadie tendrá que subir más."



Después de una subida eterna, circulando casi la colina, finalmente descubrimos la fuente prometida, ya sitiada por un grupo de peregrinos con bicicletas. Una lección fundamental del Camino es sin duda alguna la veneración del agua y el descubrimiento de las cosas realmente fundamentales de la vida (y de las supérfluas que podemos dejar atrás).



Después de una bajada rápida, de nuevo con más ánimo, ahora nos quedan 10 Kilómetros. Según mi guía, la primera mitad nos llevará por una pista que se pierde entre rocas cársticas para luego desembocar en una meseta sin sombra alguna, y para la segunda mitad, el guía nos promete un paseo por un bosque. Mientras que temprano por la mañana hemos alcanzado una velocidad de unos 5 Kilómetros por hora, en este paisaje dominado por un soplo ardiente, ya cada paso se está haciendo una tortura. Caminamos unos dos kilómetros y cuando nos detenemos para beber, el agua en nuestras botellas de plástico parece estar a punto de hervir. La verdad es que ya nos quedamos más tiempo parados, y si avanzamos, lo haremos con la velocidad de un caracol comatoso. Esos kilómetros son de máxima soledad, no se ve ni una casa ni otra huella de vida humana, si nos caimos aquí, estarémos perdidos. "¡Nos vamos a achicharrar!", grita Cayetana al vacío. A pesar de las gorritas nos entra vértigo causado por la calor sofocante. "Mira, allí viene un coche de policía", dice Cayetana – pero ambos creemos que se trata de un espejismo. ¿Qué hará un coche de policía aquí en una senda en el rincón más remoto de Aragón, donde hay tanta soledad que no habrá ni hombres que puedan ser criminales? Lentamente pasa el coche. (Más tarde, durante la cena, nos contarán que los días de calor extremo, la policía a veces pasa por ese recorrido más solitario del Camino para controlar si andan por allí peregrinos en peligro de quedarse sin agua).



Esta vez nos limitamos a beber lo mínimo para salvar agua, ya que no sabemos cuánto tiempo necesitamos para llegar. De repente Cayetana se deja caer en una roca al lado del Camino y empieza a quejarse: "Si por lo menos hubiera un solo girasol, podría poner mi cabeza debajo y tendría una mínima sombrita…" Cuando yo también me siento, ella saca su capa de goma roja de la mochila, cubriéndonos como si fuera un parasol. Así nos quedamos sentados unos diez minutos encima de la piedra ardiente y formamos una colina diminuta de color rojo chillante en medio del desierto montañoso de color ocre, dominado por un silencio siniestro. Pronto nos imaginamos que la goma roja pueda llegar a fundirse a causa de la calor, nos levantamos de un golpe para seguir nuestro Camino – y finalmente descubrimos en el horizonte la colina de un bosque denso. Después de una eternidad llegamos a la sombra anhelada. Debajo del amparo de los árboles, la temperatura es menos infernal y podemos acelerar el paso . El bosque alrededor del embalse de Yesa es muy bello, pero no podemos apreciar el paisaje ahora. Estamos agotados e impacientes en llegar al albergue. Sólo echamos un vistazo a la interesante Capilla de San Juan Bautista: en el suelo peregrinos han formado símbolos colocando piedras. Ahora sólo nos queda un trago de agua y todavía no hemos llegado. Con rabia extraña, Cayetana juega al fútbol con una piedra y de repente me pregunta "Oye tío, ¿nos queda dinero para pagar el albergue de Ruesta y comprar algo allí?" Cuando afirmo, ella vuelve la cabeza hacia mi y con la voz ronca de sed y rebeldía, recordando la temática de la conversación durante la cena de ayer, pronuncia una propuesta no muy apta para obtener un consenso: "¿Sabes qué? ¡Quizás cada banquero de Europa debería ser condenado a hacer el Camino en agosto y dormir en albergues sencillas como nosotros!" "¿Pero como se te ocurre una idea así?" Quedo mirándola, allí está como una bruja angélica en el bosque – bronceada y cubierta de sudor, bellísima y rebelde, con los ojos negros centelleantes como una especie de Che Guevara feminino y en este momento tengo que abrazarla. Le doy un besito susurrando "mi peqeña comunista". Pero al seguir el Camino, vuelve la razón, y recomiendo a tener en cuenta lo siguiente: "…si obligas a banqueros a hacer el Camino, el resultado será obvio: dentro de un par de años habrán convertido todos los albergues sencillos de peregrinos en hoteles de lujo con jacuzzi, así el Camino pronto se convertiría en un una autopista de egocéntricos..."



La temida discusión se interrumpe porque ahora aparece finalmente el castillo arruinado de Ruesta. Apenas nos quedan fuerzas para esa última subida. Después de haber llegado a la cima, estamos rodeados por las ruinas del pueblo fantasma de Ruesta y Cayetana murmura que el escenario hace pensar en "un castillo de vampiros". Por doquier casas sin techos, medio cubiertas por árboles y vegetación, reconquistadas por la naturaleza. Silencio lúgubre, sólo aúlla un perro, como un lobo a la luz de la luna llena. Nadie quisiera llegar aquí de noche.



Son las 2 de mediodía. Caimos como muertos a nuestros lechos, dormimos casi hasta la hora de la cena y esta vez no soñamos nada en absoluto. Al despertar, Pietro nos pregunta con una sonrisa tan encantadora como burlona: "¿Habéis regresado al lado de los seres vivos?" Cayetana reacciona con cierto dramatismo: "¡Me encuentro de maravilla, no me acuerdo haber estado muerta!" Salta de la cama como una tigresa para anunciar: "Quiero tomar fotos de todas esas casas muertas antes de que anochezca." Durante la cena celebramos nuestra despedida del Reino de Aragón y disfrutamos de la atmósfera irreal de estar rodeados de ruinas pintorescas, puestas en escena como si posaran para un pintor romántico. Le pregunto al hospitalero, si es cierto que este lugar – como lo indica mi guía – sólo tiene cuatro habitantes. "Bueno, habrán contado mis tres perros. En realidad soy el único habitante permanente, sólo en verano vienen amigos o huéspedes, que pueden quedarse unas semanas, pero durante el invierno tengo que aguantar la soledad, pero una soledad con vistas incomparables!"



Esperamos que así siga. Lamentablemente, hay proyectos para ampliar el embalse de Yesa. Si realmente llevan a cabo esa barbarie a pesar de todos los protestas de la población de esta región, es aparte del Camino, por donde hemos andado hoy, se perderá por siempre debajo del agua, como también los pueblos de la zona, sean habitados o (casi) inhabitados como Ruesta. En el peor de los casos habremos sido de los últimos visitantes que tenían el privilegio de reunirse en aquel lugar mágico entre ruinas enigmáticas para contemplar la puesta del sol – y leer el poema de protesta pintado por Ama Lurra en la pared azul de la iglesia del pueblo. Esperamos que sea escuchada, para que este rincón más misterioso de Aragón no desaparezca inundado de agua. Así que firmamos su protesta, ya desde lejos, para que el milenario Camino de peregrinaje de Europa no se interrumpa aquí, y gritamos "¡¡YESA NO!!"



Texto und Fotos: Berthold Volberg

Recomendaciones:
Advertencia:
En el recorrido de casi 30 Kilómetros entre Arrés y Ruesta no hay NINGUNA posibilidad de comprar alimentos o bebidas, y hay una sola fuente en la aldea de Artieda. Por ello, es recomendable llevarse por lo menos 3 litros de agua de cada una de las dos fuentes en Arrés y Artieda y comprar antes (en Santa Cruz o Santa Cilia) p. ej. frutos secos. La etapa entre Artieda y Ruesta es de una soledad total, quizás la más inhabitada del Camino Aragonés. Los que se quedan aquí sin agua durante un día de mucho calor, llegan a arriesgar su vida.

Albergue de Peregrinos en Ruesta (enfrente de la Iglesia arruinada): organizado por el sindicato CGT, aquí se paga 24 Euro para cama y cena – parece caro comparado con otros albergues, pero hay que considerar la situación muy especial de la soledad, ya que todos los alimentos hay que traerlos desde muy lejos hasta aquí a ese pueblo fantasma – en todo el entorno no hay ni tiendas ni gastronomía y es todo un acto de bravura de mantener este albuergue abierto! Además el ambiente de las ruinas románticas de Ruesta, coronando la colina encima del pantano es único y espectacular. Tel. 948-398082

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