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[art_1] España: Por la Vía de la Plata a Riolobos
Una caminata infernal al Paraíso
 
20 de Junio de 2015: A las 6:30 de la mañana salgo del Hostal Málaga en Cañaveral, primer pueblo en la ruta después de dejar atrás el inmenso Embalse de Alcántara en la Extremadura para empezar una caminata de 28 kilómetros (no sabiendo aún que al final serían 34 kilómetros). Sigo la Vía de la Plata, el antiguo Camino de peregrinación, el que empieza en Sevilla y lleva a Santiago de Compostela. Después de la paliza de ayer hoy me niego al principio a caminar por la ruta oficial, ya que ésa empieza con una subida penosa, y decido seguir simplemente la carretera paralela a la senda que también me lleva a Grimaldo, pero con una subida mucho más suave. Mientras que la etapa de ayer me llevaba por una estepa sin árboles alrededor del Embalse, ahora el paisaje de nuevo se presenta mucho más verde. Dominan tierras de barro y dehesas con encinares.

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Para los 8 kilómetros hasta llegar a la aldea Grimaldo necesito menos de 2 horas. Lamentablemente, el único bar todavía está cerrado, así que no hay café ni desayuno. Pero al menos hay una fuente para rellenar mis botellas de agua - todavía no sabía en aquel momento que esos 3 litros de agua serían fundamentales para sobrevivir el día. Con buen ánimo dejo atrás ahora la carretera y empiezo a caminar por la senda oficial de la Via de la Plata, desde aquí me llevará 20 kilómetros por dehesas solitarias, hasta el horizonte no se puede ver ni una aldea, ni siquiera una casa y tampoco descubro a ninguno de los pocos peregrinos (será una docena en total) que cada noche se encuentran en una de los albergues.

El sendero - al principio idílico y pacífico - va por dehesas donde vacas y cabras matan el tiempo comiendo debajo de la sombra de encinas nudosas. La luz del sol saliente se refleja en las ramas cubiertas de musgo de esos árboles centenarios, tan característicos del panorama eterno de la Extremadura y símbolos de una paz infinita. De hecho este paisaje tiene un enorme efecto tranquilizante, aquí no hay sitio para inquietudes de origen secundaria. Pronto encuentro mi propio ritmo al andar y lentamente, como en un trance, voy conquistando ese paisaje que parece infinito, sólo acompañado por el canto de pájaros desconocidos y por el vuelo de un ave rapaz majestuosa, no sé decir si se trata de un águila o un quebrantahuesos. Supongo que el primero, porque un quebrantahuesos sería aún más grande. Todavía no hay sombras en el paraíso, la hierba seca al lado del sendero a la luz del sol matutino parece oro puro y me siento el hombre más rico del mundo.

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De repente la puerta de un vallado corta el Camino (en la Extremadura, el camino de peregrinación lleva en la mayoría de las etapas por dehesas de propiedad privada, a veces tan inmensas que se puede caminar 10 kilómetros hasta llegar al próximo vallado). Normalmente, esas puertas se abren y se cierran fácilmente, utilizando un aprietanudos de alambre que hay que subir y bajar para cerrarlo de nuevo y evitar que escape el ganado. Pero este aprietanudos está atornillado con la madera de la puerta y no se puede abrir. Sin embargo, la flecha amarilla del Camino de Santiago indica seguir por aquí todo seguido, así que decido subir la valla y saltar al otro lado para seguir la senda por la dehesa. El sol ya está más alto y se siente que empieza la calor. El sudor pronto cubre mi cara y el ritmo de mis pasos llega a ser mucho más lento. Desde veinte minutos o más ya no he descubierto una flecha amarilla por el sendero. Bastante irritado empiezo a notar que el camino ahora lleva cuesta abajo, se dirige hacia el este y luego da una vuelta hacia el sur. No puede ser el Camino, porque en la mapa la etapa de hoy se indicaba recta hacia el norte.

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Y de repente los descubro: sus sombras negras e inmensas debajo de las encinas: ¡¡toros bravos!! Medio muerto de miedo me quedo como un minuto sin moverme, como helado de espanto. Luego empiezo a andar atrás muy lentamente, sin quitar la mirada de los monstruos. Es una manada pequeña, diez gigantes negros con cuernos muy agudos y peligrosos. La mayoría está paciendo pacíficamente, dos están debajo de una encina durmiendo la siesta. Intento a acelerar mis pasos atrás, rogando a Dios que haga que los toros sigan paciendo sin descubrirme y le doy las gracias de haberme puesto la camiseta celeste y no la roja esta mañana (he leído que el color celeste tiene un efecto calmante). En este momento uno de los monstruos mueve la cabeza y resopla. La distancia ya será más de cien metros, pero ya me imagino subir a la más próxima encina, y esperar allí durante horas. A pesar de la calor siento escalofríos de espanto, ya que corriendo cuesta arriba para escapar de un toro galopando será imposible salvarme. Pero el gigante negro vuelve a la sombra de la encina, parece que la calor me haya salvado, porque no tiene ganas a perseguirme y ahora me doy la vuelta y empiezo a correr hasta llegar al vallado. Al otro lado y salvado, respiro profundamente y necesito minutos para calmarme.

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Luego bebo una botella de agua de un trago. Mi mirada descubre ahora otra flecha amarilla más reciente que indica hacia la izquierda: ¡una desvíación! De una vez comprendo que el Camino oficial está cerrado por aquí, por lo menos actualmente (por eso el aprietanudos atornillado) y que hay una desvíación provisional, la que lleva al pueblo Riolobos. Empapado de sudor y miedo superado empiezo a caminar por la dehesa paralela, y con alivio descubro flechas amarillas en piedras a lo largo del sendero, dejando atrás los toros al otro lado del muro. ¿Por qué no han quitado la flecha antigua que indica seguir por la dehesa de toros bravos? Mientras que me enfado pensando en los casi 4 kilómetros superfluos andados por allí y la energía perdida, de repente un insecto inmenso zumba al lado de mi cabeza. Un segundo más tarde siento un dolor punzante en mi hombro izquierdo: una picadura de avispón! Es que hoy toda la naturaleza de la Extremadura parece conjurarse contra mi persona. Pocas veces las encinas centenarias en esa ruta de peregrinación habrán sido testigos de toda una serie de tacos soltados, como los que grito ahora contra los pobres árboles inocentes. Me acuerdo de que llevo en mi mochila una botellita de aceite de árbol de té y echo el líquido casi por completo en la picadura de avispón. En seguida se apacigua el dolor y puedo seguir mi Camino.

Cuando finalmente hacia las 2 de la tarde llego a la carretera, el termómetro marcará los 40 grados y me queda sólo un trago de agua. Un nuevo choque: el Camino directo a Galisteo sigue cerrado también aquí, porque es la misma dehesa de un terrateniente a quien no le gustan los peregrinos y no permite sus pasos por el Camino tradicional. Hay que seguir por la desvíación: caminando por el asfalto caliente de la carretera casi 5 kilómetros hacia el sur a Riolobos. Intento no soltar tacos de nuevo. Mientras que a las 6 de la mañana los 5 kilómetros apenas son nada, ahora con la calor que reina y sin comida ni agua avanzando por el asfalto son el INFIERNO.

Sigo arrastrándome dirección Riolobos. Ya puedo ver las primeras casas, pero parece que no me vaya acercando. El sudor me quema los ojos y casi mareándome por la calor veo los alrededores sólo de manera borrosa. Mi garganta está muy seca y al borde del colapso finalmente llego a las primeras casas del pueblo. Aquí, después de toda esa paliza, me espera un paraíso: "Las Catalinas" ofrece todo a la vez - Camping, albergue de peregrinos, Restaurante, bar, centro de ocio al lado de la piscina pública y del parque del municipio. Pero primero pido con la voz ronca de sed una tónica helada para salvarme.

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Después del almuerzo estoy tomando café con el hospitalero muy simpático y me cuenta que acaban de llegar otros dos peregrinos, también al borde de un colapso. Pero una vez haber llegado aquí, en Riolobos, en un pueblo que sólo gracias a la actual "desvíación" de repente se ha convertido en un lugar en el Camino de peregrinación a Santiago, uno puede relajarse de maravilla. A todos los ciudadanos estresados les recomiendo darse un paseo por la nueva alameda que va del albergue al centro, y luego contar las cigüeñas en el templo del pueblo.

La Iglesia de Riolobos tendrá el record de nidos de cigüeñas de la Extremadura: dos docenas de nidos de cigüeñas cubren la torre y los techos del pequeño templo y apenas queda sitio para "construcciones nuevas". La observación de las cigüeñas jovencitas y sus primeros intentos torpes a volar a la luz del atardecer es una bonita impresión relajante para concluir un día tan turbulento, y hace olvidar la amenaza de toros bravos y la picadura del avispón.

Texto + Fotos: Berthold Volberg

Enlaces:
Alojamiento y gastronomía en Riolobos:
"Las Catalinas": calle principal, a la salida norte del pueblo, al lado izquierdo
Albergue de peregrinos, Camping y apartamentos de vacaciones, alojamiento en habitación doble, desayuno incluido 15 Euros, hay lavadoras.
Menú 9 Euros.

El hospitalero es muy simpático y también ofrece visitas guiadas al cercano Parque Natural de Monfragüe para observar buitres y águilas.
Tel. 927-451150 oder 605-824086

http://www.campinglascatalinas.es/

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