ed 02/2016 : caiman.de

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[art_1] España: En la Vía de la Plata
Encinares con velos de niebla, soledad infinita y un perrito adoptado
 
16 de Junio de 2015. Poco después de las 6 de la mañana salgo del Hotel en Mérida, la capital de la Extremadura. Tengo por delante las tres etapas más largas de la Vía de la Plata, Camino de peregrinación desde Sevilla a Santiago de Compostela, redescubierto durante las últimas décadas. En Mérida no he tenido mucha suerte con el tiempo. Casi dos días de lluvia sin cesar evocaban una leve melancolía y antes de mi llegada a la antigua metrópoli romana me llevé una impresión literalmente profunda del suelo de la tierra de barros. Después de un par de horas de fuertes lluvias, esa tierra arcillosa llega a tener una consistencia como un flan de caramelo - hasta las rodillas me hundí en el barro y luego necesitaba horas para limpiar y secar las botas, medias y pantalones,



Durante el día de ayer la lluvia apenas me dejaba visitar los monumentos romanos tan espectaculares de Mérida. Pero hoy el Cielo parece reconciliarse con la Tierra e iluminarla. Poco antes de las 7 de la mañana me encuentro a la salida de la ciudad de Mérida, delante del "Acueducto de los Milagros" que tiene casi 2000 años y 26 metros de altura. Sus arcos majestuosos de granito están poblados por muchas cigüeñas y detrás de su sombra impresionante, el aurora en el horizonte anuncia un buen día soleado.



La larga etapa de hoy, de 37 kilómetros, me llevará por el corazón de la Extremadura, la Toscana de España (aunque más salvaje y mucho más solitaria que la italiana), será paisajísticamente la más bella, pero a la vez la más inhabitada de toda la Vía de la Plata. Aquí Fray Luis de León pudo haber escrito su "Vida retirada". Pero primeramente hay que dejar atrás la ciudad. Se aleja la silueta tenebrosa del acueducto, y tengo prisa para llegar lejos y adentrarme en las dehesas infinitas pobladas por encinares centenarias. Después de una hora y media el sol que ya ha salido hace un rato, iluminando los prados de la llanura, de repente desaparece como si el Cielo lo hubiera tragado. Acabo de llegar a un lago cubierto por un velo misterioso de niebla casi circular. No se trata de un lago natural, sino estoy contemplando el famoso embalse de Proserpina, construido por los romanos. Todavía conserva su muro romano y desde aquí el agua fue conducido a la capital Emerita Augusta (Mérida).



Una visión casi irreal: el sol se ha "doblado", manda su luz desde el Cielo velado por las nieblas y al mismo tiempo está brillando en las aguas del embalse, nubes de luz se mueven encima de la superficie del agua, donde se reflejan las sombras de árboles. Mientras que las colinas en los alrededores están iluminados por el sol y se presentan con colores intensos de tonos verdes y con un cielo de azul profundo, todo el valle del Embalse de Proserpina está cubierta por una nube de niebla que ha convertido todos los colores en una película de blanco y negro. Impresiones místicas como en una película del gran Andrej Tarkowski o como un paisaje pintado por el romántico Caspar David Friedrich. Como hundido en un trance sigo caminando muy lentamente por la orilla del embalse, hasta que de repente los rayos del sol rompen el velo de niebla, iluminando el muro de contención,  que se eleva en medio del cañaveral y en la lejanía se pierde en la niebla.



Detrás de la casa de la Cruz Roja, la flecha amarilla del Camino me guía hacia el norte y abandono la senda de la orilla para caminar un par de kilómetros por una carretera muy estrecha y vieja - la verdad es que parece más un bache infinito que una calle. De vez en cuando vuelvo la cabeza, absorto en la contemplación del lago de niebla y de un momento al otro la niebla me alcanza de nuevo. Invade la carretera, los prados y las sombras de encinas y por momentos descubro - tan cerca que me dan un susto - sombras vivas de vacas inmensas - ¿o son toros bravos? Espero que no, porque la valla que separa los prados del Camino es bastante bajita y no me parece muy segura. Por la niebla percibo el sonido de cencerros, ladridos de perros y los gritos de pastores. Supongo que es una manada muy grande, la que llevan de un pasto al otro, pero apenas puedo ver nada. Casi no presto atención a la próxima flecha amarilla, la que en una curva indica a un sendero que abandona la carretera. Me llevará siempre dirección norte, por encinares donde no voy a encontrar ni un alma durante horas.



De un momento al otro, la niebla desaparece, como si una mano invisible hubiera quitado una inmensa cortina, abriendo una ventana al sol cuyos rayos inundan las dehesas de hierba seca entre las encinas con luz dorada. Un paisaje bellísimo de soledad arcádica se abre ante mis ojos, encinas centenarias, con sus copas más anchas que altas, como parasoles de las dehesas dominan un panorama que parece infinito. El sistema agricultural de las dehesas funciona desde muchos siglos aquí en el oeste de España y es el más ecológico que se puede imaginar: grandes superficies convertidas prácticamente en parques naturales, aunque sí son utilizadas como pastos periódicamente. En la inmensidad e las dehesas (aquí sólo hay muros o vallas cada 10 o 20 kilómetros) están paciendo, libres y semi-salvajes, manadas de vacas, ovejas, cabras y sobre todo los negros cerdos ibéricos, que dan los jamones más caros del mundo. Debido a esa explotación sostenible y natural del ganado, la carne de aquí tiene un sabor distinto a la carne de producción industrial, se nota sobre todo en la carne de los cerdos ibéricos, felices con su dieta de bellotas. Así que al pasar por esta región, más de un vegetariano se ha convertido de nuevo a comer carne.



Durante el verano, este paisaje con sus horizontes infinitos y hierba seca parece una sabana africana. A veces se presenta casi vacío, cuando no se pueden ver manadas de ganado, sino sólo pájaros, mariposas y lagartos. Y perros de pastores. De repente escucho ladridos de un perro y admito que normalmente me gustan los gatos, mientras que, debido a un par de experiencias traumáticas durante mi infancia, tengo miedo a los perros, al menos si son grandes. Pero el ejemplar que ahora aparece por detrás de una encina realmente no puede causar miedo ninguno, ya que se trata de un perrito diminuto. Un perrito - tan lindo que podría inundar el corazón más frío y petrificado con una ola de ternura espontánea. Me pongo de rodillas para acariciar el cachorro y ése empieza a lamer mi mano con su lengua y me queda mirando con sus ojos grandes.



Después de unos minutos sigo mi camino, pero el perrillo me sigue con una velocidad sorprendente, hasta que alcancemos una valla. Espero que se vaya a quedar al otro lado de la valla, porque no puedo llevar a mi acompañante chiquitito hasta Santiago. No obstante, mi bravo perrillo salta por la verja de madera y no deja de seguirme sin cansarse. Tendré que adoptarlo. Me sigue como si fuera su amo durante más de diez kilómetros y al final, como recompensa, lo llevo en brazos. Rodeado por la soledad de encinares y alcornocales, empiezo a hablar con mi perrito, intentando a explicar por qué no puedo adoptarlo y llevarlo conmigo, es que no faltan diez, sino 750 kilómetros para Santiago. La verdad es que me gustaría que viniera conmigo, pero no puede ser!



Entretanto el sol está en su apogeo y después de la caída de temperaturas de 40 a sólo 20 grados durante los dos últimos días, hoy el termómetro alcanzará de nuevo casi los 40 grados. Gracias a Dios ahora mismo llegamos a la aldea de Aljucén (30 casas, 200 habitantes), donde el dueño del bar me vende dos botellas de 1,5-litros cada una, de agua mineral helada (agradecido estaré). Al abandonar el bar, se me acerca una mujer y al ver mi perro adoptado me dice: "Ay, pero éste es el perrito del Paquito que se le escapó ayer!" Triste y aliviado al mismo tiempo, le entrego el cachorro a ella y sigo mi Camino siempre hacia el norte.



La Vía de la Plata me lleva ahora por el Parque Natural de Cornalvo. Aquí reina la soledad total. Tengo por delante unos 20 kilómetros y unas 5 horas de caminata. Ya es la una y media, el sol me quema la cara y el agua helada en mis botellas ni siquiera está fresquita. Con pasos decididos empiezo a caminar por el Parque Natural de Cornalvo, ya sabiendo que será imposible mantener ese ritmo. Después de una hora mi velocidad se reduce considerablemente y de vez en cuando tengo que detenerme para respirar profundamente y beber (ya no me queda mucha agua). Mis miradas contemplan un panorama de infinidad llena de calor y peñascos altos como casas y llenos de misterios. Cuando ahora alguien me dijera que nos encontramos en el Serengueti, también se lo creería.



Ya estoy casi mareándome por la calor y las encinas me parecen acacias, las vacas allá lejos son como bufalos y las cigüeñas negras son buitres africanos esperando mi muerte. Por momentos tengo miedo de no encontrar la próxima flecha amarilla, luego perderme en esta soledad sin agua y echo de menos a mi perrito. Llevo tres horas caminando, ya he pasado la frontera de la provincia de Cáceres y no estoy seguro si ese sendero es el Camino, porque la Cruz de San Juan que debía haber pasado ya no aparece y de mis tres litros de agua me quedan dos traguitos. La sed es tan dramática que ya no puedo apreciar la belleza del paisaje. Finalmente, después de tres eternidades llego a la cruz de granito, desde aquí sólo faltan tres kilómetros hasta Alcuéscar y las primeras Fincas al lado del sendero me tranquilizan, ya no voy morir de sed.



A las 4 y media de la tarde toco el timbre del albergue del Monasterio, pero nadie me abre. En este pueblo no hay otro albergue y el próximo pueblo está a 15 kilómetros. Algo desesperado y completamente agotado entro en el bar en frente del Monasterio y aunque la hora del almuerzo ya pasó, me traen un inmenso plato de puchero de la casa muy rico y litros de tónica y agua. A las 6 de la tarde la puerta del albergue está abierta (los monjes también duermen la Siesta) y delante de la estatua de la bella Virgen blanca empiezo a comentar con otros peregrinos recién llegados la paliza romántica del día de hoy, la etapa que (por lo menos hasta Salamanca) es la más bonita de toda la Vía de la Plata.



El día se despide con un crepúsculo espectacular encima de las colinas de la Extremadura, con colores de púrpura, oro y naranja. La verdad es que podría haberme quedado afuera y contemplar el Cielo, porque resultaba imposible dormirse: las campanas del Monasterio de Alcuéscar tocaban cada media horita, al lado de mi celda, tan cerca. Así que he pasado una noche casi sin dormir antes de la larga etapa a Cáceres. Pero me sentía iluminado de paz arcádica.

Texto + Fotos: Berthold Volberg

Recomendaciones y enlaces:
Alojamiento en Mérida:
Hotel Cervantes, (muy cerca de la Iglesia de Santa Eulalia), Calle Camilo José Cela 10, 06800 Mérida, Tel. 924-314961 y 924314901.
correo electrónico: informacion@hotelcervantes.com
página web: www.hotelcervantes.com
Hotel sencillo y bueno de dos estrellas situado en una calle céntrica, habitación sencilla 35 Euros, dispone también de Bar/Restaurante

Gastronomía en Mérida:
Bar de Tapas "Diana", justamente detrás del tempo romano de Diana. Especialmente recomendable el Menú de 5 Tapas a elegir (12 - 15 Euros). Delicias: las berenjenas fritas a la miel, el Bacalao con salsa de avellanas, la Carrillada de ibérico al tinto.

Albergue de peregrinos en Alcuéscar: Monasterio de los "Esclavos de Maria y los Pobres"
habitaciones chicas (celdas de monjes) con camas superpuestas, baño colectivo, cena sencilla, acogida amable, donativo. Cada día misa a las 19.30 horas con los habitantes de la casa para minusválidos ("Casa de la Misericordia") que forma parte del Monasterio, con bendición de los peregrinos. Por la tarde entre las 14.30 y las 17 horas cerrado.

Gastronomía en Alcuéscar:
en el bar del pueblo en frente del monasterio

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