ed 01/2013 : caiman.de

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[art_1] España: Don Carmelo y Cayetana en el Camino de Santiago
Etapa Segunda: La Subida al Santo Grial de San Juan de la Peña – [8] [7] [6] [5] [4] [3] [2] [1]

16 de Agosto de 2012. "Porta per hac Caeli fit pervia  cuique Fideli si studeat Fideli jungere iussa DEI" (la puerta al Cielo se abre [aquí] para cada creyente cuando  siga la fe y los mandamientos de Dios)."  Bueno,  todavía nos faltaba mucho para llegar a tanto. Es que para llegar a esa puerta, donde las palabras citadas están inscritas, había que superar un camino penoso y nadie nos había advertido que iba a ser tanta la paliza. El dilema ya comenzó con el hecho de que empezamos nuestro camino muy tarde, partiendo de Jaca a las diez y media. Teníamos que esperar hasta que abrieran las tiendas, porque anoche Cayetana sacaba tantas fotos con la puesta del sol y la luz crepuscular que las baterías de su máquina se agotaron completamente. Llegando al albergue, ella se dió cuenta de que había olvidado el recargador en casa.  Así que teníamos que comprar uno aquí mismo y las tiendas no abren a las 6 de la mañana, sino a las 10. Finalmente compramos ese instrumento para poder "documentar" cada paso del Camino – I˙y adelante! El sol ya empezaba a picar y los pronósticos del tiempo habían anunciado  40° grados, poco normal para esa región montañosa en el extremo norte de España.

Los primeros 5 Kilómetros nos llevan por terreno plano, lamentablemente cerca de la ruidosa carretera nacional N240, pero con bellas vistas al Río Aragón y al Canal de Berdún.

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Caminamos hacia un bosque montañoso, coronado por peñascos espectaculares. "¿Y allí hay que subir ahora?", me pregunta Cayetana con la motivación aparentemente frenada. Nuestro destino para hoy es nada menos que el Santo Grial. O sea, al menos los muros sagrados que lo albergaron durante siglos.  El Grial es el Caliz legendario, del que Jesús y sus apóstoles bebieron vino durante la Sagrada Cena y con el que más tarde, según la leyenda,  después de la lanzada recogieron  la sangre del Salvador crucificado. Desde la Alta Edad Media, ese Caliz milagroso ha inspirado a muchos poetas y compositores de música y creado el caballero ficticio Parcival, personaje literario cuya misión era la búsqueda del Grial. Aquí en la región más apartada del Reino de Aragón, a 1200 metros de altura, se encuentra el misterioso Monasterio San Juan de la Peña,  desde el año 1076 hasta 1400 el templo para el Santo Grial, antes de que el Cáliz fuera llevado primeramente a  Zaragoza y después a la Catedral  de Valencia. Desde entonces en el  Monasterio aragonés sólo conservan una "copia".

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Ahora llegamos a un sendero empinado que sube a la izquierda y un indicador enseña el camino a San Juan de la Peña. Ya son las 11 y media, empieza a apretar el calor mientras que subimos lentamente por trigales ya cosechados por completo, los que no ofrecen ninguna sombra. Después de tan sólo cien metros estamos empapados de sudor. En los guías del Camino de Santiago suelen elogiar con razón la Flora y Fauna del paraíso natural de la Sierra de San Juan de la Peña: los pájaros – hay de todo desde pinzones hasta los quebrantahuesos, hay ciervos y jabalíes, y mariposas de mil colores. Los guías nunca mencionan  animalitos cotidianos tan molestos como las moscas. Sin embargo, las moscas existen. Y atacan! Durante toda la subida, enjambres de moscas agresivas nos atacan como si fueran mosquitos. Son una plaga. Aceleramos el paso, moviendo los brazos constantemente, pero con la mochila, la calor y cuestas arriba tampoco podemos correr.

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El sudor nos quema los ojos, cuando finalmente alcanzamos el linde del bosque y la sombra donde ya no hay tantas moscas. No obstante, lo que empieza ahora, no nos trae ningún alivio. Estamos a la sombra, sí, pero pronto puedo escuchar como  Cayetana murmura (con toda la razón): "Eso ya no es caminar, es un ejercicio de escalar sin trepadores..." El "sendero" por ese bosque virgen denso y oscuro apenas es visible, hay que buscarlo, y a menudo es tan empinado que tenemos que subir con tracciones. Además, avanzamos por una tenebrosidad que da miedo, casi parece necesario utilizar lámparas de bolsillo. Qué contraste con la luz cegadora del sol fuera de esa jungla enigmática!

Cayetana replica con alta voz: " ¿I˙Acaso soy Parcival!?" Ella toma un trago de su botella de agua para apagar la sed provocada por las galletas dulces y secas. Inesperadamente, me ataca ahora con su pregunta: "¿Tú te crees todo eso del Santo Grial – crees que existe?" Intento eludir la pregunta, respondiendo que al final no es decisivo si el Grial existe o no, porque lo más importante parece que la búsqueda de ese Cáliz ha motivado tantas personas, llevándolas a obrar bien. Pero ella sí nota que en realidad no he contestado a su pregunta y resume con claridad y sin piedad: "¿Así que no te lo crees de verdad, aunque te gustaría creerlo?" I˙Me ha pillado la chiquilla!

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No voy a empezar a discutir, sino insisto en seguir el camino ahora mismo, ya que nos falta mucho para llegar. Es un susto cuando nos damos cuenta de que nuestras reservas de agua (tres litros por persona) ya están casi agotadas – nos quedan unos tragos. (İLa merienda a pleno sol no ha sido una buena idea!) Ahora tenemos prisa en llegar a Atarés, la única aldea entre la  N240 y el Monasterio, para llenar nuestras botellas con el agua de la fuente.En mi guía calculan unos 45 minutos para la etapa desde el linde del bosque a Atarés, así que ya debíamos haber llegado. Pero ni siquiera podemos ver la aldea de lejos, ni una casa. Después de dejar atrás la carretera N240, no hemos visto ni un alma. Casi estoy mareándome por la sed, por todas partes veo el mismo paisaje, el bosque, las peñas, la luz cegadora de mediodía.

"¿No hemos pasado por aquí antes?", me pregunta de repente  Cayetana, expresando así lo que ya estaba temiendo yo también. Aceleramos el paso con cuidado, porque el terreno de la senda con sus cantos rodados es resbaladizo. Acabamos de tomar el último trago, no nos queda nada de agua. Y todavía ninguna huella de la aldea con su fuente tan esperada. El sol nos quema sin piedad y toda la soledad montañosa parece arder de calor. "Ya veo los grandes titulares: Peregrinos muertos de sed en su búsqueda del Santo Grial.", susurro con la voz afónica de sed. Mi compañera olvida a reírse, de repente el riesgo de desmayarse y morir de sed en medio de Europa nos parece terriblemente real. Como en un trance, con los pasos cada vez más lentos y cayéndonos de vez en cuando, seguimos el camino por esta soledad ardiente de 40 grados. El paisaje lo veo ya algo borroso. Llego a pensar por momentos que esta montaña espectacular por lo menos sería digna de una muerte heroica, ofreciendo un panorama arcádico para una última morada.

"Mira!" – Cayetana me despierta, sacándome de mis fantasías de una muerta romántica. "Allí está por fin la aldeorra." Apenas me quedan fuerzas para corregirla: un pueblo tan esperado con su fuente que nos salvará la vida no se debería llamar "aldeorra".

Vamos directamente a la Iglesia, delanta de la cual, como en casi todos los pueblos, se encuentra la fuente. Al lado, debajo de la sombra de un árbol, están sentados cuatro abuelos de muy avanzada edad. Apoyándose en sus bastones, observan con la sonrisa ancha, como subimos, tambaleando al borde del desmayo, los últimos metros para llegar a la fuente. Antes de llenar todas las botellas, Cayetana se asoma debajo del grifo de la fuente para duchar su cara sudorosa. El agua se derrama por su cuerpo, dejando empapada su camiseta celeste, falta poco y  por segundos ella está a punto de quitarsela. En el último momento puedo frenarla, pero aún así su espectáculo atrevido de la camiseta mojada aumentará el riesgo de un infarto del miocardio de los cuatro Matusalenes del pueblo considerablemente, ofreciéndoles al menos un tema de la conversación para toda la semana. Con su sonrisa más inocente, Cayetana los saluda, moviendo su botella de agua, como si fuera la bandera para un anuncio que promociona la fuente de la aldea. Ahora podemos seguir con nuestra búsqueda del Santo Grial. Y por supuesto el sendero empinado lleva cuesta arriba.

Después de una breve Siesta a la sombra de un roble, la caminata nos parece un paseo por un bosque animado lleno de luz y colores. Descubrimos nenúfares y florecitas bonitas de color morado las que Cayetana bautiza "violetas de los Pirineos", y vemos cientas de mariposas -  grandes de amarillo dorado y diminutas de intenso color azul por el aire. Ella intenta en vano de tomar fotos, pero esos diamantes volantes se mueven más rápidamente que un colibrí. Seguimos subiendo, dejando atrás el bosque, cuando a una altura de 1200 alcanzamos un mirador. Aquí descubrimos pequeños pirámides de piedras, erigidos por otros peregrinos como en tantos lugares del Camino, para simbolizar las penas superadas de una subida especialmente dura. "Me parece", se queja de nuevo Cayetana, "que no subimos a San Juan de la Peña, sino a San Juan de las Penas". La calor de las 5 y media de la tarde aprieta, cuando notamos que de nuevo sólo nos queda muy poquita agua. Seguimos la única carretera al Monasterio, y los tres últimos kilómetros nos llevan por un bosque. Delante del Hotel que forma parte del Monasterio Nuevo (que no nos interesa) una senda lleva cuesta abajo por un bosque denso y oscuro. Y de repente, cuando creíamos no llegar nunca, el sendero se abre y miramos hacia arriba.

Allí está – finalmente – el milenario templo del Santo Grial, cubierto por una cueva sagrada, misterioso e incomparable. Nuestras miradas llenas de asombro contemplan la pared de la roca que engasta el templo como un anillo un diamante. Bajamos al templo inferior que tiene más de mil años.  Una sala sencilla con columnas sin adornos, pero incluso Cayetana  se queda callada ante el  Aura sacra de esa cueva y contempla sus paredes desnudas. "Si buscas el Cáliz, lo encontrarás arriba", susurro. Subimos al templo románico que data del Siglo XI.
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Cuando descubrimos el Cáliz, nos parece mucho más pequeño de lo que imaginábamos, un modesto recipiente de piedra de color burdeos, sólo las asas son de oro. Apenas nos atrevimos a admitirlo, pero la apariencia del Grial resulta un poquito decepcionante a primera vista – esperábamos un Caliz dorado y pomposo.

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Aunque Jesús, el que siempre predicaba humildad, probablemente no habría aceptado beber de un cáliz de oro durante la Sagrada Cena. La sencillez del Cáliz (las perlas y las asas de oro fueron añadidas mucho más tarde, en la Edad Media) podría ser incluso una prueba de su posible autenticidad. Llegamos a imaginarnos en una visión mística la Sagrada Cena, cuando de repente un autobús de turistas invade el Templo sin piedad. Cayetana, habiendo cerrado los ojos para meditar y buscar una visión interior, los abre ahora para lanzar una mirada poco cristiana a los invasores. Comenta que el Grial aparentemente no los interesa, ya que cruzan la iglesia con mucho ruido para ir directamente a tomar fotos de la atracción principal de San Juan de la Peña: del claustro románico del temprano Siglo XII. Los capiteles son muy famosos con toda la razón, este claustro es – junto a las Catedrales y la Aljafería de Zaragoza el monumento más importante de Aragón.

Preferimos esperar hasta que el "autobús" abandone el claustro, para poder contemplar con calma las pequeñas maravillas de San Juan de la Peña. Ahora entramos por la puerta cuya inscripción en latín ya fue mencionado al principio. Cayetana tiene la vista clavada en uno de los monstruos que mira desde arriba con regañamiento de dientes a los visitantes que entran. "Oye tío", ella me pregunta de repente, "¿puede ser verdad que el 21 de diciembre nos traiga el fin del mundo?" – "¿Cómo se te ocurre pensar tal bobada?" – "El calendario de los mayas que termina…" Realmente me parece algo intimidada. "I˙Tonterías!", empiezo a calmarla. "Algún apocalíptico en paro y aburrido lanza una profecía y un par de momentos más tarde se ha difundido por la red mundial. Pero verás que el 22, 23 y 24 de diciembre y también los días siguientes el mundo despertará como hoy…" (En la Nochevieja celebramos también que el mundo no haya dejado de existir). Para su tranquilidad empujo suavemente a  Cayetana, dejando atrás al monstruo que ya habrá asustado a peregrinos durante siglos, y la coloco delante de un ángel volante que recoge su manto en un gesto elegante.

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Luego avanzamos muy lentamente por el claustro, deteniéndonos delante cada uno de los magníficos capiteles iluminados por la luz dorada del sol crepuscular. Las escenas diseñadas por una gubia desconocida en los capiteles hace unos  900 años se superan mutuamente en su originalidad y en su fuerza expresiva y a veces involuntariamente cómica: el Antiguo y el Nuevo Testamento como colección graciosa de dibujos animados. Allí está Adán con su hoja de parra y mirando al mundo con grandes ojos tan inocentes, como si quisiera afirmar su inocencia ante toda la humanidad. Un par de columnas más tarde a Jacob le aparece un ángel en su sueño, en otros capiteles, Jesús convierte agua en vino o entra con su borriquita en Jerusalén. Nadie tiene que temer a un Dios tan bondadoso, tampoco el 21 de diciembre. Encantada y ensimismada, Cayetana desfila por la colección de escenas bíblicas talladas en piedra rojiza. Tenemos la suerte de estar de repente completamente solos en medio de ese patrimonio mundial inundado de luz, como soñadores en un viaje por los tiempos, retornando a la época de los Caballeros de la Tabla Redonda. Un ruido muy mundano nos despierta e impide que nos entreguemos a nuestro encuentro con Parcival. "Cerramos en diez minutos", anuncia un guardián, tocando las palmas con impaciencia apenas disimulada.

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Antes de empezar la bajada a Santa Cruz de la Serós (en mi guía calculan una hora para la bajada, así que serán casi dos), quisieramos comprar alguna bebida, preferentemente agua, en el quiosco donde venden las entradas para el Monasterio. "Aquí no hay bebidas y tampoco una fuente", nos dice la dama de la taquilla.  Al notar la desesperación en nuestras caras, nos ofrece un traguito de su lata de Red Bull. "No, gracias", contesto, antes de que Cayetana pueda decir algo (I˙odio Red Bull!). Decididamente  marchamos por un bello pinar, el miedo de quedarnos de nuevo completamente sin agua va acelerando nuestros pasos. Apenas nos da tiempo de admirar el paisaje tan espectacular, aunque Cayetana llega a comentar que los barrancos profundos allá abajo le parecen similares al paisaje de la película "El Señor de los Anillos".

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De todas maneras, esta senda no es una ruta para caminantes normales y corrientes,  es más bien una pista de luchar por la vida, extremadamente empinada y siempre muy cerca del abismo.  "Ahora entiendo, por qué muchos afirman que la bajada sea más horrible que la subida. Eso aquí es como un Vía Crucis, pero abajo", murmura Cayetana con la voz ronca de sed. Esperamos ganar nuestra carrera contra el sol poniente – si no lo logramos, habrá que acampar aquí al borde del abismo. Es imposible seguir ese sendero a oscuras, que ya a la luz del día cada resbalón por esos cantos rodados resulta muy peligroso. Caigo dos veces, pero tengo suerte, sólo tengo una pequeña herida en la rodilla. Pero mirando hacia el otro lado del barranco vemos tres sombras gigantescas de quebrantahuesos…

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Ya está anocheciendo, cuando llegamos medio muertos de sed a Santa Cruz. En este momento, como para saludarnos, se ilumina la bellísima Iglesia románica del pueblo. En el bar del Hotel nos tomamos cuatro Tonic (sin ginebra). Esta noche tenemos la misma pesadilla: soñamos con una fuente con cuatro abuelitos bailando alrededor y susurrando con una sonrisa maliciosa: "Ya no nos queda aguita, Ya no nos queda aguita, la fuente está vacía…"

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Texto y Fotos: Berthold Volberg

Recomendaciones y enlaces:
Advertencia:
La subida y bajada de San Juan de la Peña sólo son recomendables para caminantes que realmente están en buena forma, el sendero es muy penoso y hasta peligroso, sobre todo la bajada con equipaje.

Etapa Jaca – San Juan de la Peña – Santa Cruz de la Serós: ca. 25 Km (con equipaje hay que calcular ocho horas)

Monasterio San Juan de la Peña:
Tel. 974-355119
www.monasteriosanjuan.com
Horario: 10 – 14 und 15.30 – 19 horas (en verano hasta 20 horas)
Entrada: 7 Euros (la misma entrada también vale para la Iglesia de Santa Cruz de la Serós)

Alojamiento y gastronomía en  Santa Cruz de la Serós:
Hostelería Santa Cruz
C. Ordana
Tel. 974-361975
Correo electrónico: reservas@santacruzdelaseros.com
www.santacruzdelaseros.com
Hotel muy acogedor y bonito, habitaciones a partir de los 48 Euros, muchas con balcón y vista a la bella iglesia del pueblo, buena comida en el restaurante, platos abundantes, y ambiente amable, un oasis después de tanta paliza de subir y bajar…

Tienda Casa Anaya:
Plaza N° 2
Tel. 974- 356602
En la única tienda del pueblo  Santa Cruz de la Serós ofrecen pan fresco, bocadillos y producto de la región (quesos de la montaña, miel, embutidos, licores de hierbas, nueces y frutos secos).

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