ed 01/2009 : caiman.de

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[art_3] España: Tenerife – Senderismo encima de las nubes

Mi amiga Cayetana solamente quería pasar dos semanas de vacaciones relajantes de playa y sol en Puerto de la Cruz en la isla canaria de Tenerife. Pero conmigo ya sabía que algo de esfuerzo deportivo le estaba esperando. Así que después de cinco días de tomar el sol en la Playa Jardín y moverse un poquito de día en las olas del Atlántico y mucho en las pistas de baile de noche, le propongo a ella: „vamos a ver las playas desde arriba, al caminar por la montaña.“ No la veo ni muy eufórica ni demasiado motivada, pero al final está de acuerdo. Pero pone como condición que ésa sea la única excursión por la montaña hasta el final de nuestras vacaciones.

Sobre las 9 de la mañana, después del típico desayuno nuestro, una mezcla exótica que suele combinar sin problema una Tostada con morcilla frita y tarta de Mango con Nata, nos colocamos en la parada de guaguas para esperar el vehículo dirección a Aguamansa que nos llevará hasta la parada de Choza Bermeja. Varios turistas van a tomar la misma guagua, entre ellos una pareja de compatriotas alemanes, dos inglesas de muy buen humor, fácilmente reconocibles por la enorme quemadura de sol, y un hombre algo siniestro y de apariencia extremadamente machote, con una gruesa cadena de oro como la llevan los culturistas de mal gusto, acompañado por una rubia de bote que podría haber sido su hija, aunque aparentemente se trata de su amante. Más tarde llegamos a saber que es un ruso. 

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Después de pasar por el bello pueblo de  La Orotava, cada vez aparecen menos casas y más bosques al lado de la carretera. Sentada delante nuestra, mi compatriota de Alemania dice a su marido: „¡Ay mira, parece como si estuviéramos en nuestra Selvanegra!“ Al escuchar esa frase estúpida, pongo los ojos en blanco y Cayetana me pide con impaciencia la traducción. No, señores, afortunadamente no estamos en la Selvanegra, ya que aquí los bosques consisten de Pinos canarios y no de abetos de la Selvanegra. Y además no es negra esa selva, sino inundada de luz.

Entretanto la guagua avanza lentamente por una niebla de nubes mandadas por los vientos alisios y cuando vuelve a salir a la luz del sol, una de las inglesas exclama con euforia que nos estamos moviendo „above the clouds“ (encima de las nubes). Unos kilómetros más arriba de Aguamansa, a una altura de unos 1800 metros, la guagua llega al punto final del recorrido y todos los turistas que han venido para practicar senderismo se bajan y entran en las sendas del bosque. En ese momento escuchamos que el culturista sombrío está hablando en ruso con su acompañante rubia, probablemente se trata de uno de esos nuevorricos millonarios del petróleo.

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Mientras que todos los otros ya empiezan a caminar, nosotros nos detenemos para disfrutar de las vistas espectaculares y Cayetana, haciendo muchas fotos con su nueva cámara, todavía está muy contenta.

Luego caminamos un rato y pronto nos encontramos con la pareja de la Selvanegra, la que se encuentra delante de un cruce de caminos con un mapa en la mano sin saber a dónde dirigirse. Cuando estamos a punto de pasar, él nos pregunta con un fuerte accento suabio: „¿Señores, perdonen, dónde está el camino que lleva a esa cumbre que se llama Teide?“ ¡Me lo está preguntando en su dialecto alemán! ¿Estamos acaso aquí en la Selvanegra o qué? ¿Cómo se atreve un turista alemán en un bosque apartado en medio de una isla africana cerca del Sur de Marruecos a pensar que aquí alguien sepa alemán? Es que Cayetana con su apariencia de gitana andaluza morena con sus ojos negros almendrados no evoca la sospecha más mínima de que alemán sea su lengua materna y yo tampoco tengo un aspecto muy típicamente alemán. Por ello, reacciono como siempre en tales situaciones, es decir con rigor pedagógico: empiezo a fingir no entender nada, encogiéndome de hombros, miro un momento al mapa de senderismo (en alemán) mostrada por esa gente. Cayetana pronuncia diez frases en un minuto, tan rápidamente con su accento andaluz que ni siquiera un catalán se habría enterado de qué habla, y luego indica al menos tres direcciones distintas. Sin piedad, abandonamos a los suabios a su destino de senderistas desorientados. Seguimos caminando por una zanja formada por la erosión. Aunque no vemos ninguna señal clara, suponemos que por aquí siga el sendero. Con cada paso, subimos más y pronto estamos perdiendo un poco el aliento y empezamos a sudar de lo lindo mientras que avanzamos. Cayetana tropieza con un pie contra una raíz, haciéndose daño. Paramos un ratico y ella se queja, diciendo que ya le gustaría volver. „¿Después de tan sólo 15 minutos? ¡Ni hablar!“ Se queja un poco la pobrecita, pero cuando prometo que volvamos al hotel como muy tarde sobre las 4 de la tarde, para que ella tenga el tiempo suficiente para ponerse como una princesa que sea la estrella de la noche del sábado en la discoteca „Vulcano“.

A unos 2.300 metros de altura, ya hemos dejado el bosque atrás y avanzamos por una senda estrecha y empinada, a la izquierda vemos el abismo. En caso de dar un resbalón aquí, una caída mortal sería la consecuencia. Por eso, apenas podemos disfrutar de las vistas maravillas al mar de nubes y a las islas del bosque de Pinos canarios, sino hay que concentrarse para cada paso cauteloso en esa senda peligrosa, así que seguimos muy lentamente, apoyándonos en la peña escarpada.

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Cayetana se detiene de repente mostrando una sonrisa rara y señala con el dedo a un lugar donde el sendero se abre a un camino más ancho. Allí, en una curva encima del abismo, está el supermachote ruso posando en plan Putin, naturalmente ya descamisado y enseñando un par de tatuajes realmente inquietantes. En el hombro derecho hay la cabeza de un Irbis. Parece mostrale a su amante algo que ha descubierto en el horizonte y empieza a tomar cien fotos del mismo motivo. Miramos a esa dirección para descubrir... „¡El Teide!“ exclama Cayetana entusiasmada, olvidando sus dolores. Con fascinación quedamos mirando la cumbre más alta de España, la que se eleva encima del Atlántico, y rodeado por una guirnalda de nubes.

En este momento, un ladrido agresivo nos despierta de nuestra meditación hipnotizada por la cumbre. Un inmenso perro de pastor acaba de aparecer en la curva empinada de la senda, colocándose delante del ruso y su  muñeca rubia. Primeramente, estamos temiendo lo peor para el perro – ¿el culturista siberiano lo va a aplastar con sus manos? Pero ahora pasa algo increíble delante de nuestros ojos: aquel Hércules agarra a su amiga y la pone delante sí como un escudo protector contra el perro – ¡tiene miedo! El perro sigue ladrando furiosamente, por un momento pensamos que va a saltar al ataque. La rubia indefensa del ruso no parece a estar a gustito con tal situación. De repente las dos inglesas deportivas vienen caminando por el sendero y se parten de risa – al descubrir la pareja peculiar con el machote que en vez de proteger a su novia, se  ampara sirviéndose de ella como amparo. Aparentemente, hasta el perro se asusta y desaparece detrás de la curva de la senda. Luego todos se comportan como si nada hubiera ocurrido: las inglesas reprimen la risa, la rusa rubia lanza una mirada de desprecio a su millonario maleducado, pero por razones financieras prefiere obviamente callarse. Él se pone la camisa – y tendrá que admitir que no haya suelto el Irbis que pretende llevar dentro. Aliviados, nos alegramos de que el perro nos haya dejado en paz. Detrás de la curva, en una roca con una vista espectacular, nos sentamos para hacer una merienda. Cerramos los ojos para respirar profundamente el aire puro y el perfume de los Pinos canarios.  

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Mientras que Cayetana ya está soñando con los ritmos de Salsa de la próxima noche, estoy disfrutando de la soledad silenciosa. Durante el camino de regreso que dura aproximadamente dos horas, no encontramos ni un alma y caminamos en la soledad de ese bosque animado. Por un trayecto de unos quinientos metros, el bosque presenta un aspecto fantástico, porque los árboles están cubiertos de líquenes de color gris plateado, colgando de todas las ramas como plata en filetes colgando de arbolitos de Navidad. Todo el bosque parace como si hubiera sido decorado para una película de cuentos. En la guagua que nos lleva al Puerto ya somos los únicos turistas. Cuando llegamos la juventud de la isla ya se prepara para bailar durante toda la noche, mientras que arriba el bosque ya abandonado de los senderistas se envuelve en una niebla de silencio. Cayetana parece muy contenta y susurra que incluso estaría dispuesta a emprender una segunda caminata por los bosques de la montaña – pero no antes del penúltimo día. 

Texto + Fotos: Berthold Volberg

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